Por Ana Lanfranconi
“Nadie se da cuenta al tener un libro en las manos, el esfuerzo, el dolor, la vigilia, la sangre que ha costado. El libro es sin disputa la obra mayor de la humanidad. Muchas veces, un pueblo está dormido como el agua de un estanque en día sin viento. Ni el más leve temblor turba la ternura blanda del agua. Las ranas duermen en el fondo y los pájaros están inmóviles en las ramas que lo circundan. Pero arrojad de pronto una piedra. Veréis una explosión de círculos concéntricos, de ondas redondas que se dilatan atropellándose unas a las otras y se estrellan contra los bordes. Veréis un estremecimiento total del agua, un bullir de ranas en todas direcciones, una inquietud por todas las orillas y hasta los pájaros que dormían en las ramas umbrosas saltan disparados en bandadas por todo el aire azul. Muchas veces un pueblo duerme como el agua de un estanque un día sin viento y un libro o unos libros pueden estremecerle e inquietarle y enseñarle nuevos horizontes de superación y concordia.”
Estas palabras, citadas por la escritora Irene Vallejo en Manifiesto por la lectura, fueron pronunciadas por Federico García Lorca al inaugurar la biblioteca de su pueblo natal, Fuente Vaqueros, en septiembre de 1931.
El poeta nombra, como pocos, el modo en que a veces un libro o unos libros tocan el cuerpo y despiertan, tienen consecuencias.
En tiempos de la inteligencia como artificio, como simulacro de alteridad que amenaza el lazo con el otro, en que el algoritmo impone la imagen y la “lectura” desbocada de lo breve y rápido, en tiempos de capitalismo digital que establece el “efecto rebaño” sin forzar a nadie, la escritora nos recuerda la importancia de la lectura para la democracia: de la palabra lector deriva el término elector. Nos invita a ser custodios de las palabras:
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